martes, 25 de diciembre de 2012

VICTOR DOMINGO SILVA/ EL REGRESO

Desperté llorando

por mi hogar desierto,

por mi infancia ida, por mi padre muerto.

Días, meses,años han pasado ya

y en la casa en ruinas,

desde los cimientos

hasta las cornizas de los aposentos,

¡todo qué distinto, qué cambiado está!

Me acosté llorando por las viejas horas

(mañanas alegres, tardes soñadoras,

perezosas siestas).

Me dormí y soñé que "él" había vuelto

de un viaje lejano,

curvas las espaldas y el cabello cano...

también muy distinto de cuando se fue.

Aguardando siempre, ¡siempre su regreso!,

no nos extrañamos.

Sentimos su beso

sobre nuestras frentes,

tibio y familiar.

Mi madre suspira.

Los viejos sirvientes

tienen a su vista gestos reverentes

y el can favorito se pone a brincar.

¡Qué viaje tan largo, tan largo Dios mío!

¡Durante su ausencia,

qué rachas de hastío,

qué sombras de pena,

qué nieblas de horror!

Él calla.

Parece que lee en nosotros:

la tristeza de unos,

el cansancio de otros

y en todos un mundo de ensueño y dolor.

¡Qué viaje tan largo, tan largo, Dios mío!

Ante la ceniza del hogar ya frío,

rodeado de todos nos pregunta:

-Y bien, ¿muy viejo me encuentran?

Hablen sin cuidado.

-Sí, padre - decimos - estás muy cambiado.

Y él: -¡Pobres muchachos!

¡Ustedes también!

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