martes, 16 de abril de 2013

DIONISIO VIVANCO/ BRUJAS


Todo está dicho, aunque siempre queda algo en el tintero.
Entre ellas y nosotros hay distancias que nos acercan.
Los perros de dios vienen por todos lados,
galopando y mordiendo,
haciendo sonar sus cuchillos. Gritando.
Buscan acallar la sensualidad,
la palabra que resuena en todos lados.
Hacen prisioneras a moras y cristianas.
Las encierran en calabozos sumergidos
en los cimientos de los claustros,
y las torturan vestidos con sotanas lascivas.
Después la muerte parece una bendición.
No quiero inventar algo
para hacer menos salvaje los golpes, el dolor,
para describir el moridero donde eran llevadas,
con los labios cosidos con agujas para sacos.
Caminaban con una flor de hastío brotando del pecho,
ahogadas con la sangre del martirio,
con la bilis del olvido, con el sobresalto del mal de ojo.
Eran muertas muriendo una y otra vez.
¿Por qué no convirtieron en sapos a los carceleros?,
Se extraviarán para siempre en el abrazo ciego del fuego,
y las cruces victoriosas desovarán su retórica podrida
de ángeles y vírgenes, de hostias y silicios,
oponiendo la persistencia al silencio,
el dogma a los epitafios,
a la plegaria íntima del último momento.
Y quedarán ahí parteras impías,
mujeres terrenales y temporales, heréticas y paganas,
buscando adjetivos en la agonía.
No alcanzaron a despedirse y doblan la esquina de la fatiga,
entre los sórdidos estandartes eclesiásticos,
entre los frailes hediondos y sus sagrarios de procesión sórdida.
La muchedumbre vocifera y gesticula,
insultan y rasgan sus vestiduras.
Alguien enciende el fuego, la multitud enloquece.
Ah, brujas… brujas de voces lúgubres,
ya la madera verde arde siniestra.
El humo intenta llegar al cielo en espirales estériles,
y se pierde en las sombras sembradas en el universo,
por las manos de un dios triste que no entiende la vida.

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