jueves, 23 de julio de 2026

IGNACIO WAIDELE/ACURRUCADA

Sollozo
eco distante
lágrimas en la vertiente.


En la sombra de un capullo 

se evapora la musica

reina la luciérnaga
canta anciana.


INÈS LLAMBIAS WOLFF/PARA SENTIRNOS (FRAGMENTO)

Te voy a regalar todas las cámaras del planeta
todas, todas
para colgar en cada nube
en cada poste
en cada esquina.

FRANCISCA ANINAT/ DILEMA

Ahi está la palabra.
Espera ser pronunciada
para crear más vida
o destruirlo todo.

EDGARDO CARREÑO DOMINGO/SEIS VERSOS

En un campo sin flores dejen mi cabeza.
Que la vean todos los pájaros posibles.
En algún momento bajarán de donde viven.
Sé que vendrán a mí.
Pondràn sus pies sobre la frente.
Al fin olvidaré estos ojos.

CATALINA LARRAGUIBEL/ MOLLE, AMOR SIEMPRE (FRAGMENTO)

Viento, arboles, flores, hojas, cerros
cielo azul.
Todas las estrellas del universo
la via làctea ahi mismo.

ELIZABETH RIFO/ PAJARO NEGRO DIA 5

Ahora
Es un perderme dentro 
de límites que yo no dictaminé


o quizás sí
una línea tan delgada entre mi dignidad
y tu voz.

Desaparezco
me desintegro
escucho el murmullo de las gentes a mi
alrededor
volviéndome insensible a todo.

Intento con nuevos itinerarios
con acciones diarias
aleteos de pájaros en mi cabeza
revoloteando entre palabras y silencios.

Digo basta a tanta estupidez
porque ya no quiero escuchar más
me dejo caer de espalda
sintiendo cómo el sol me acaricia
o cómo yo me dejo acariciar.

Me escondo de tu sombra
tan grande
tan impresionante
solo vivo
o por lo menos lo intento.

Vuelvo a acurrucarme entre palabras
cubriéndome con delicadeza hasta el cuello
y es allí donde todo cobra sentido
o donde comprendo que nada lo tiene.

Soy yo
pero siendo otra
una que amó desenfrenadamente
que contempló
que deseó
que cabalgó entre nubes y nubarrones
esperando algo simple
pero inexistente.

 

jueves, 9 de julio de 2026

JUAN PABLO IBARRA/ PETICIÒN INVERNAL



Vive en mí

un invierno de lodos y penumbras.

Un establecimiento de pausas en el cielo

ante la sofocación del azul y el celeste.

Un invierno de patos

buscando socorro de la lluvia bajo el amparo de los nogales.

Una conversación de sapos verdes en el reposo de las hachas.

La despedida de la sangre de las frambuesas retiradas.


No habían muchas visitas en ese entonces,

hay que conformarse con poco, con lo que había.

Con la visita periódica de las bandurrias

antes de frotar en sus cuerdas vocales

el canto característico del invierno.

¿Sabes? No puedo quitármelo. No puedo sacarlo de mí.

La fricción de las cáscaras de las nueces reunidas

en los antiguos toneles de madera noble pero apolillada.

La guardia perpetua de las piedras

ante la reaparición de las lombrices.


Ha quedado en mí la trasmisión de las hojas muertas,

la reducción del verde y la ampliación del plomo.


¿Puedo ser culpable de esto?

¿Puede ser errático lo que digo

si no es otra cosa que aquello que vi?


El sonido batiente de los matorrales resecos

entre los cactus fue mi educación musical.

El repliegue de cerros marrones

y colinas cobalto ansiosas de pasto

y cercando lo que había más allá,

nunca me hizo sentirlo como una imposición,


sino más bien como un corral de gallinas

que apelaban a consumir los granos de maíz

y a un pernoctar con recato,

sobre todo ahí:

en la suspensión del verano, en la degradación del sol,

en lo que significa protegerse de la fuga del calor.


Esas fueron mis andanzas, no otras.


Y nunca dejo de pensar ¿Por qué yo?

Antes y después han habido tantos y mejores.

¿Por qué yo tuve que traerte a tu escritorio, cama o sitial,

la promesa de las uvas, la esperanza de los tomates?

¿Por qué yo tuve que entregarte estas cartas,

como cruzando mar y montaña,

esperando hasta cuando maduren las manzanas,

estas cartas

para que puedas conocer

la incubación del durazno, el esparcimiento de los fardos,

lo que forja esto

sin que nadie –salvo tú– me lo pidas en silencio?