Vive en mí
un invierno de lodos y penumbras.
Un establecimiento de pausas en el cielo
ante la sofocación del azul y el celeste.
Un invierno de patos
buscando socorro de la lluvia bajo el amparo de los nogales.
Una conversación de sapos verdes en el reposo de las hachas.
La despedida de la sangre de las frambuesas retiradas.
No habían muchas visitas en ese entonces,
hay que conformarse con poco, con lo que había.
Con la visita periódica de las bandurrias
antes de frotar en sus cuerdas vocales
el canto característico del invierno.
¿Sabes? No puedo quitármelo. No puedo sacarlo de mí.
La fricción de las cáscaras de las nueces reunidas
en los antiguos toneles de madera noble pero apolillada.
La guardia perpetua de las piedras
ante la reaparición de las lombrices.
Ha quedado en mí la trasmisión de las hojas muertas,
la reducción del verde y la ampliación del plomo.
¿Puedo ser culpable de esto?
¿Puede ser errático lo que digo
si no es otra cosa que aquello que vi?
El sonido batiente de los matorrales resecos
entre los cactus fue mi educación musical.
El repliegue de cerros marrones
y colinas cobalto ansiosas de pasto
y cercando lo que había más allá,
nunca me hizo sentirlo como una imposición,
sino más bien como un corral de gallinas
que apelaban a consumir los granos de maíz
y a un pernoctar con recato,
sobre todo ahí:
en la suspensión del verano, en la degradación del sol,
en lo que significa protegerse de la fuga del calor.
Esas fueron mis andanzas, no otras.
Y nunca dejo de pensar ¿Por qué yo?
Antes y después han habido tantos y mejores.
¿Por qué yo tuve que traerte a tu escritorio, cama o sitial,
la promesa de las uvas, la esperanza de los tomates?
¿Por qué yo tuve que entregarte estas cartas,
como cruzando mar y montaña,
esperando hasta cuando maduren las manzanas,
estas cartas
para que puedas conocer
la incubación del durazno, el esparcimiento de los fardos,
lo que forja esto
sin que nadie –salvo tú– me lo pidas en silencio?
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